Fui el pendejo que creía que la vida era un torneo. Si alguien de mi edad lograba algo, yo sentía que me estaba quedando atrás. Si alguien compraba algo, yo sentía que "debía" querer lo mismo. Pasé años midiendo mi valor personal comparando mi capítulo uno con el capítulo veinte de alguien más.
Leer másFui el pendejo que quería arreglarle la vida a todo el mundo mientras la mía se caía a pedazos.
Creía que ponerme al final de la fila me hacía "buena persona". Pensaba que sacrificar mis necesidades, mis deseos y mi paz por los demás era un acto de nobleza suprema. Pero la realidad es mucho más cínica: No puedes dar lo que no tienes. Si intentas dar agua desde un pozo seco, lo único que vas a entregar es polvo y frustración.
Leer másFui el pendejo que creía que la vida era una lista de pendientes. Corría tanto que, cuando finalmente me sentaba a comer —literal y metafóricamente—, no sentía el sabor de nada porque mi mente ya estaba en el postre o en la cuenta que tenía que pagar después.
Leer másFui el pendejo que creía que la "paz" era la ausencia de conflicto, aunque esa paz fuera una mentira del tamaño de una catedral.
Hoy en día, evitar el dolor a toda costa se ha vuelto una especie de religión. Nos han enseñado que sufrir es un error de gestión, que si algo duele, hay que soltarlo, o mejor aún, adormecerlo. Pero esa evitación sistemática del dolor nos está haciendo un daño mucho más profundo que el dolor mismo.
Leer másFui el pendejo que creía que si una decisión me hacía sufrir o generaba un problema, entonces me había equivocado.
Vivimos con la idea romántica de que "hacer lo correcto" trae una paz inmediata y una alfombra roja de bendiciones. Pensamos que si elegimos el camino del bien, el universo conspirará para que todo encaje. Pero la realidad es mucho más cínica: Hay decisiones correctas que parecerán terminar en caos y que, a simple vista, no terminan "bien".
Leer másFui el pendejo que se hundía con el barco solo por no admitir que el barco tenía agujeros.
Me decía a mí mismo: "Es que yo soy así", "Es que siempre lo he hecho de esta forma". Me aferraba a mis métodos, a mis reacciones y a mis hábitos como si fueran dogmas religiosos. No me daba cuenta de que ser "fiel a uno mismo" no significa ser fiel a tus errores, sino ser fiel a tu capacidad de evolucionar.
La verdad es corta y cruda: Quien más pierde en esta vida es aquel que se resiste al cambio.
Leer másFui el pendejo que oscilaba entre dos bandos.
A veces, bajo la bandera de "yo soy muy directo y digo las verdades en la cara", terminaba siendo un bruto que escupía veneno sin filtro, justificando mi falta de tacto como una virtud. Otras veces, por miedo al conflicto, era "demasiado amable", callando lo que pensaba para no incomodar, convirtiéndome en un manipulador que acumulaba resentimientos mientras sonreía falsamente.
Hoy lo entiendo claro: La verdad sin amabilidad es brutalidad, pero la amabilidad sin verdad es manipulación.
Leer másFui el pendejo que buscó perdón en manos ajenas, sin darme cuenta de que el juicio más severo y la herida más profunda estaban ocurriendo dentro de mí.
Pasamos la vida pidiendo disculpas a otros, tratando de reparar vínculos externos, mientras en el sótano de nuestra alma, nuestro niño interior está lleno de cicatrices causadas por nuestra propia negligencia. Si hoy tuviera que pedirle perdón a alguien, de verdad y con el alma desnuda, sería a mi propio interior.
Leer másFui el pendejo que le pedía consejos de dieta al que no se cuidaba, consejos de amor al que vivía en el drama y consejos de dinero al que no sabía ahorrar.
Tenemos la mala costumbre de pedir opiniones a quien tenemos cerca, solo por cercanía, no por autoridad. Pero la opinión es gratis, mientras que la dirección correcta vale oro. Si dejas que cualquiera siembre ideas en tu cabeza, terminarás viviendo la vida confundida de los demás en lugar de la tuya.
Leer másFui el pendejo que muchas veces dejaba de escribir por placer para empezar a empezar a escribir por estadísticas.
Como artista, creador o emprendedor, te venden una mentira muy brillante: que tu éxito es proporcional a tus números. El fracaso asusta, sí; pero seamos honestos, la vergüenza nos asusta mucho más. Sentir que "no llenamos", que "nadie nos dio like" o que el salón estaba vacío se siente como un juicio público sobre nuestra calidad humana.
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