Durante mucho tiempo, mi estrategia ante la adversidad fue el victimismo. Si me iba mal, si me traicionaban o si sufría una pérdida, mi primer impulso era buscar a quién culpar y sentarme a llorar mi desgracia. Creía que mis cicatrices me daban el derecho de exigirle al mundo que se detuviera y me tuviera lástima.
Leer másDurante mucho tiempo, mi palabra fue de papel. Decía "luego te hablo" y no hablaba; decía "el lunes empiezo" y no empezaba; decía "cuenta conmigo" y desaparecía cuando las cosas se ponían feas. Me justificaba pensando que eran "mentiras piadosas" o que, al final, "no era para tanto".
Leer másDurante años, fui un genio de la gimnasia mental. Si algo salía mal, yo tenía un catálogo de culpables listo: la economía, mi jefe, el mal de ojo, mi signo zodiacal o la mala suerte. Creía que admitir un error era una señal de debilidad, una mancha en mi historial que me hacía ver "menos".
Leer másDurante años, mi mayor miedo no fue el fracaso, sino el rechazo. Por eso, me convertí en un "Sí, claro" automático. Decía que sí a favores que no quería hacer, a reuniones a las que no quería ir y a compromisos que me robaban el tiempo que no tenía. Pensaba que decir que sí me hacía una "buena persona", servicial y amigable.
Leer másMi mayor fuente de sufrimiento no fueron los problemas en sí, sino mi pendeja insistencia en que los problemas no deberían estar ahí. Pasé años desgastándome emocionalmente porque "mi jefe no debería ser así", "mi pareja debería entenderme a la primera", "el tráfico no debería estar tan pesado" o "mi pasado no debería haber sido tan difícil".
Leer másHace poco, en un café, escuché la frase que resume perfectamente nuestra estupidez emocional. Una mujer, con la cara encendida de rabia, le gritaba a su pareja: "¡Te estoy diciendo que no me pasa nada, que no me pasa nada... y tú ahí tranquilo, como si no me pasara nada!".
Leer másDurante años, fui el rey de los párrafos interminables. Si llegaba tarde, si no cumplía una promesa o si tomaba una decisión que sabía que a otros no les gustaría, soltaba una avalancha de razones, excusas y contextos innecesarios. Creía que si hablaba lo suficiente, podría marear a la otra persona (y a mí mismo) hasta que la falta original quedara sepultada bajo un montón de palabras.
Leer másPasé años creyendo que la vida era un examen que tenía que aprobar. Pensaba que había una "forma correcta" de vivir, un camino trazado que, si lo seguía al pie de la letra, me daría la recompensa final: la felicidad sin fin. Mi error fue entender la vida como una línea recta donde cada error era un fracaso personal y cada desvío era una tragedia.
Leer másDurante años, mi estado de ánimo fue un títere de los demás. Si alguien me decía que era un genio, me sentía en la cima del mundo, caminaba más erguido y me creía invencible. Pero si al día siguiente alguien me criticaba o me insultaba, me hundía en la miseria, cuestionaba mi valor y pasaba noches sin dormir tratando de entender qué hice mal.
Leer másEl Error: El Pendejo Escapista
Durante años, fui el campeón mundial de la evasión. Si algo me dolía, me iba de fiesta; si me sentía solo, prendía la televisión; si sentía culpa, me llenaba de trabajo. Tenía la pendeja teoría de que las emociones son como las visitas incómodas: si no les abres la puerta y haces como que no estás, eventualmente se cansan y se van.
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