¿A Qué Te Sabe la Vida si no Saboreas la Vida?
Fui el pendejo que creía que la vida era una lista de pendientes. Corría tanto que, cuando finalmente me sentaba a comer —literal y metafóricamente—, no sentía el sabor de nada porque mi mente ya estaba en el postre o en la cuenta que tenía que pagar después.
Hoy en día, la mayoría de la gente no vive, solo transita. Lo que buscan, por encima de todo, es huir del dolor. Han convertido su existencia en una carrera desesperada para evitar que la vida los angustie, que los roce o que los incomode. Y en esa huida, han dejado la mesa puesta, pero se han olvidado de sentarse a saborear.
La Trampa de la Anestesia y el Espejismo
Se nos va la vida sumergidos en ansiedad (viviendo en un futuro que no existe) o en depresión (viviendo en un pasado que ya no podemos cambiar). Y en medio de ese ruido mental, cometemos el error más grave de todos: creer que la felicidad es un destino que se compra con:
Dinero: Creen que la paz tiene precio, cuando el dinero solo compra comodidad, no serenidad.
Triunfo: Creen que el aplauso ajeno llenará el vacío propio.
Fama: Creen que ser vistos por miles compensará el hecho de que ellos mismos no se ven al espejo.
Están buscando donde no es. La felicidad no es un trofeo que se cuelga en la pared; es la capacidad de saborear el presente, con su dulce y su amargo.
Si Huyes de la Angustia, Huyes de la Intensidad
El problema de querer anestesiar el dolor es que la anestesia no es selectiva. Cuando decides no sentir angustia, también pierdes la capacidad de sentir asombro. Cuando te cierras para que no te hieran, también te cierras para que no te amen de verdad.
La vida tiene sabores fuertes. A veces sabe a pérdida, a incertidumbre o a miedo. Pero si rechazas esos sabores, terminas viviendo una vida insípida, de plástico, perfectamente segura pero profundamente vacía. ¿De qué sirve tener éxito si no tienes paladar emocional para disfrutarlo?
Si hoy te doy un consejo inteligente, es porque fui el tonto que tuvo todo lo que "debía" tener y, aun así, se sentía miserable porque no sabía estar presente en su propia piel.
Deja de buscar afuera: El dinero y la fama son condimentos, no el plato principal. El plato principal es tu respiración, tu conexión con los tuyos y tu paz mental.
Abraza la amargura: No le huyas a la angustia. Mírala, siéntela y pregúntale qué viene a enseñarte. Cuando dejas de huir, el monstruo se hace más pequeño y tú te haces más fuerte.
Saborea lo pequeño: La vida real ocurre en los detalles que la ansiedad te obliga a ignorar: el olor del café, la textura de una mano, el silencio de la tarde.
La vida no se mide por cuánto logras, sino por cuánto de lo que logras eres capaz de disfrutar. No te mueras sin haber probado el sabor de tu propia existencia.