¿Porqué leer mi libro?
En Mèxico 38 personas son diagnosticadas con diabetes cada hora.
Mas de 50 millones de personas en Estados unidos sufren de alguna enfermedad mental y más del 70% de la población toma por lo menos un fármaco recetado.
Millones de niños y jóvenes en el mundo están medicados con estimulantes, antidepresivos e incluso antipsicóticos.
Los intentos de suicido infantil se han disparado a nivel mundial y nadie sabe el porqué.
Mas de 284 millones de personas en el mundo sufren de alguna adicción.
Vivimos en sociedad que cataloga como normal mucho de lo que hoy sucede en el ser humano.
Enfermedades, depresión, medicamentos, adicciones y una desconexión por separar interior, mente y cuerpo, han creado como resultado un estilo de vida que no es sano ni natural.
Todos corren en busca de felicidad, todos desean alcanzarla. Pero olvidamos que la plenitud es el resultado acumulado del cuidado propio.
El cuerpo existen hormonas y neurotransmisores cuya interacción biológica producen esa conexión contigo mismo para iniciar tu sanidad y encaminarte a la "FELICIDAD".
Mi deseo es compartir contigo en este libro claves y recursos que de manera simple y práctica te ayudarán a tomar acción para empezar a vivir feliz, feliz , feliz y feliz.
Mucho tiempo mi vida se halló enfocada en sobrevivir.
Luché contra la depresión por sentirme no suficiente,
Mis heridas y traumas sin resolver me limitaban de forma física y psicológica, generando una distorsión en mi forma de percibir el mundo y a las otras personas.
Sin darme cuenta caí en adicciones como la comida, el gastar de más y ver la televisión para adormecer el dolor que sentìa. Esto dió como resultado una vida abrumada por mis pensamientos, con sobrepeso, enfermo y en bancarrota.
Me sentía temeroso y solitario.
Un día desperté cansado de tamto sufrimiento y dije con todas mis fuerzas:
!Soy mucho más de lo que estoy demostrando ser en mi vida mental, emocional y física!
Empecé a integrar todas esas partes de mi, esos aspectos que había odiado, rechazado de mi mismo y de los que había tratado de huir.
Cambié todo lo que me exigía a mi mismo y tomé una decisión que transformó mi vida para siempre:
SER AUTENTICO, sanar y reconectar conmigo mismo.
Hoy he ayudado a cientos de personas a mejorar su calidad de vida, proveyéndoles herramientas y recursos que les apoyen para resolver sus conflictos, enfrentar sus heridas, trabajar en sus adicciones y alcanzar esa vida plena que tanto desean.
TU también puedes alcanzarlo!
Por eso deseo compartir contigo el aprendizaje que he adquirido a través de todas las experiencias de mi propia vida, apoyarte para que resuelvas tus propias heridas y puedas soltar esas adicciones que tanto daño te hacen.
Si estas sufriendo consecuencias negativas y generando placer a corto plazo a través de alguna adicción Te invito a tomar la decisión de buscar ayuda para empezar el cambio.
Será un honor conocerte y apoyarte para que empieces a sanar y reconectar con quien en realidad eres.
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Mi aprendizaje en la vida
hasta tu pantalla.
Durante mucho tiempo, mi estrategia ante la adversidad fue el victimismo. Si me iba mal, si me traicionaban o si sufría una pérdida, mi primer impulso era buscar a quién culpar y sentarme a llorar mi desgracia. Creía que mis cicatrices me daban el derecho de exigirle al mundo que se detuviera y me tuviera lástima.
Durante mucho tiempo, mi palabra fue de papel. Decía "luego te hablo" y no hablaba; decía "el lunes empiezo" y no empezaba; decía "cuenta conmigo" y desaparecía cuando las cosas se ponían feas. Me justificaba pensando que eran "mentiras piadosas" o que, al final, "no era para tanto".
Durante años, fui un genio de la gimnasia mental. Si algo salía mal, yo tenía un catálogo de culpables listo: la economía, mi jefe, el mal de ojo, mi signo zodiacal o la mala suerte. Creía que admitir un error era una señal de debilidad, una mancha en mi historial que me hacía ver "menos".
Durante años, mi mayor miedo no fue el fracaso, sino el rechazo. Por eso, me convertí en un "Sí, claro" automático. Decía que sí a favores que no quería hacer, a reuniones a las que no quería ir y a compromisos que me robaban el tiempo que no tenía. Pensaba que decir que sí me hacía una "buena persona", servicial y amigable.
Mi mayor fuente de sufrimiento no fueron los problemas en sí, sino mi pendeja insistencia en que los problemas no deberían estar ahí. Pasé años desgastándome emocionalmente porque "mi jefe no debería ser así", "mi pareja debería entenderme a la primera", "el tráfico no debería estar tan pesado" o "mi pasado no debería haber sido tan difícil".
Hace poco, en un café, escuché la frase que resume perfectamente nuestra estupidez emocional. Una mujer, con la cara encendida de rabia, le gritaba a su pareja: "¡Te estoy diciendo que no me pasa nada, que no me pasa nada... y tú ahí tranquilo, como si no me pasara nada!".
Durante años, fui el rey de los párrafos interminables. Si llegaba tarde, si no cumplía una promesa o si tomaba una decisión que sabía que a otros no les gustaría, soltaba una avalancha de razones, excusas y contextos innecesarios. Creía que si hablaba lo suficiente, podría marear a la otra persona (y a mí mismo) hasta que la falta original quedara sepultada bajo un montón de palabras.
Pasé años creyendo que la vida era un examen que tenía que aprobar. Pensaba que había una "forma correcta" de vivir, un camino trazado que, si lo seguía al pie de la letra, me daría la recompensa final: la felicidad sin fin. Mi error fue entender la vida como una línea recta donde cada error era un fracaso personal y cada desvío era una tragedia.
Durante años, mi estado de ánimo fue un títere de los demás. Si alguien me decía que era un genio, me sentía en la cima del mundo, caminaba más erguido y me creía invencible. Pero si al día siguiente alguien me criticaba o me insultaba, me hundía en la miseria, cuestionaba mi valor y pasaba noches sin dormir tratando de entender qué hice mal.
El Error: El Pendejo Escapista
Durante años, fui el campeón mundial de la evasión. Si algo me dolía, me iba de fiesta; si me sentía solo, prendía la televisión; si sentía culpa, me llenaba de trabajo. Tenía la pendeja teoría de que las emociones son como las visitas incómodas: si no les abres la puerta y haces como que no estás, eventualmente se cansan y se van.
MOMENTOS
QUE TRASCIENDEN
A través de conferencias presenciales, talleres virtuales
y entrenamientos privados he conocido a cientos de personas
extraordinarias que llevan ese deseo de transformar su vida a la acción.