El Mito del Pobrecito: Por qué el dolor no es un permiso para rendirse
Durante mucho tiempo, mi estrategia ante la adversidad fue el victimismo. Si me iba mal, si me traicionaban o si sufría una pérdida, mi primer impulso era buscar a quién culpar y sentarme a llorar mi desgracia. Creía que mis cicatrices me daban el derecho de exigirle al mundo que se detuviera y me tuviera lástima.
El error es creer que porque la situación es difícil, tú tienes que ser débil. El pendejo confunde la vulnerabilidad con la autocompasión tóxica. Se envuelve en su tragedia como si fuera una bandera y usa su sufrimiento como una excusa para no avanzar, para no sanar y para no intentar de nuevo. El victimismo es una droga: te da atención inmediata, pero te quita el poder para siempre.
Suceso no es Identidad
Enfrentar situaciones difíciles es parte del contrato de estar vivo. A todos nos va a tocar el luto, la quiebra, la traición o la enfermedad. Pero aquí está el secreto del ex-pendejo: Lo que te pasa es un suceso, no es tu identidad.
● La víctima dice: "Soy un fracasado porque mi negocio quebró".
● El ex-pendejo dice: "Mi negocio quebró, estoy pasando por una situación difícil, pero yo sigo siendo el dueño de mi capacidad de reconstrucción".
La víctima espera que alguien venga a rescatarla. El ex-pendejo entiende que el rescate es un trabajo interno. Enfrentar la dificultad no tiene por qué convertirte en víctima; puede convertirte en un guerrero, en un sabio o simplemente en una persona más experimentada. La tragedia solo se vuelve tu dueña si tú decides entregarle la corona.
El Peligro del Beneficio Secundario
¿Por qué nos gusta tanto el papel de víctima? Porque es cómodo. Ser la víctima significa que no tienes que esforzarte, que nadie te puede exigir nada y que siempre tienes una justificación para tus errores. Pero ten cuidado: la gente se cansa de los lamentos.
Si usas tus situaciones difíciles como un escudo para no crecer, terminarás solo. La compasión de los demás tiene fecha de caducidad. El mundo respeta a quien se levanta del suelo con la cara sucia pero la mirada al frente; al que se queda en el suelo gritando lo injusto que es el piso, solo lo esquivan para no tropezar.
Yo fui el que usó sus traumas como una carta de presentación para dar lástima. Hoy entiendo que mi pasado puede explicar mi presente, pero no tiene permiso para dictar mi futuro.
Deja de contar tu historia de terror: Deja de repetirle a todo el mundo (y a ti mismo) lo mucho que sufriste. Cada vez que lo cuentas con tono de víctima, refuerzas la cadena que te ata al dolor. Cuenta tu historia como alguien que sobrevivió, no como alguien que se quedó atrapado ahí.
Busca el aprendizaje, no el consuelo: Ante la crisis, pregúntate: "¿Qué músculo me está obligando a fortalecer esta situación?". El consuelo te hace sentir bien por diez minutos; el aprendizaje te sirve para el resto de la vida.
Adueñate de tu respuesta: No puedes controlar el tamaño de la tormenta, pero puedes controlar cómo sujetas el timón. La dignidad no consiste en no sufrir, sino en no dejar que el sufrimiento te quite la decencia y la iniciativa.
La meta no es que no te pasen cosas difíciles, es que cuando pasen, tú sigas siendo el capitán de tu alma. Deja de ser la víctima de tu historia y conviértete en el autor de tu recuperación. La vida golpea duro, pero tú decides si ese golpe te rompe o te pule.