La Trampa del Disfraz: Por qué tu juicio siempre llega tarde (y mal)
Todos hemos caído en la pendejada de creer que sabemos quién es quién con solo echar un vistazo. Nos encanta el camino fácil: si se ve así, entonces es así. Armamos nuestra escala moral basada en el empaque, no en el contenido.
Yo fui ese pendejo que juzgaba la santidad por el largo de una falda
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El Espectáculo Ajeno: Por qué ser el tema de conversación es un cumplido (torcido)
Durante mucho tiempo, mi mayor miedo fue el "qué dirán". Gasté energía tratando de controlar la narrativa de mi vida para que nadie tuviera nada malo que decir. Quería ser impecable, quería que todos hablaran bien de mí. Qué pendejada.
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El Síndrome del Atlas: ¿Por qué sostienes a todos, pero nadie te sostiene a ti?
Mi pendejada más noble (y por lo tanto la más peligrosa) fue creer que mi valor dependía de cuántos incendios ajenos podía apagar. Me convertí en el pilar de mi familia, el consejero de mis amigos y el salvavidas de mis parejas. Estaba orgulloso de ser "el que siempre está".
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La Fortaleza Mental: El mundo arde, pero tu casa está fresca
El error más común —y el que más años de vida me robó— fue creer que para yo estar bien, el mundo tenía que estar bien. Esperaba que no hubiera tráfico, que la economía subiera, que mi jefe estuviera de buen humor y que internet fuera un lugar amable.
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El Poder del Silencio: Por qué tu privacidad es tu mayor activo
El Error: El Pendejo que Confunde Transparencia con Exhibicionismo
Vivimos en la era de la "vidriera emocional". Nos han vendido que si no lo publicas, no pasó; y que si no lo cuentas, no eres auténtico. Yo fui ese pendejo: el que anunciaba sus metas antes de empezarlas, el que ventilaba sus crisis de pareja para buscar aliados y el que subía una foto de cada "logro" buscando el aplauso de gente que, en el fondo, le importa un bledo mi felicidad.
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La mentira del "Me Vale Madre": Por qué lo que otros piensan sí importa (a veces)
Últimamente, las redes sociales se han llenado de una moda peligrosa: el culto al "que te valga madre lo que piensen los demás". Se vende como la cura definitiva para la ansiedad, pero mi pendejada favorita fue creer que eso significaba que podía ser un ermitaño emocional.
El problema de que te valga madre todo es que terminas convirtiéndote en alguien arrogante, incapaz de escuchar críticas constructivas y, sobre todo, alguien que rompe vínculos por puro ego. La realidad es que somos seres sociales. Si te importa un bledo lo que piensa tu pareja, tus hijos o la gente que admiras, no eres "libre", simplemente eres un tipo difícil con el que nadie quiere estar.
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Las Olimpíadas del Sufrimiento: La pendejada de competir por quién está más jodido
Hace poco escuché una conversación que me voló la cabeza por lo absurda. Una persona le decía a otra: “¿Qué vas a saber tú de dolor? Dolor es que yo hiciera todos los oficios de la casa para que mi mamá me diera permiso de salir, y cuando terminé de limpiar todo, me bañé, me cambié y estaba listo... mi mamá me soltara un: ‘Tú no vas a ninguna parte’”.
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Límites: El precio de tu paz (o el costo de tu cobardía)
Durante años, me colgué la medalla de "el que siempre está", "el que no se enoja", "el que entiende a todo el mundo". Mi pendejada favorita era creer que ser una buena persona consistía en no tener bordes. Pensaba que si era lo suficientemente flexible, las personas que amaba se sentirían cómodas y me amarían más.
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La Gran Estafa de la Dopamina: Por qué tu placer te está haciendo infeliz
El Error: Creer que la felicidad es un "subidón"
Durante mucho tiempo, mi pendejada favorita fue ser un adicto a los estímulos. Yo creía que ser feliz era una acumulación de momentos intensos: el éxito de un nuevo proyecto, el like en la foto, la comida deliciosa, la compra impulsiva, el siguiente maratón de la serie de moda.
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El Efecto Espejo: Por qué te escandalizaste cuando te devolví el golpe
El Error: Ser el "Saco de Boxeo" por Amabilidad
Durante mucho tiempo, mi pendejada favorita fue la tolerancia excesiva. Creía que ser una "buena persona" o un "buen amigo" significaba aguantar desplantes, sarcasmo hiriente, desinterés y faltas de respeto, todo con una sonrisa de mártir. Me convencí de que si yo seguía siendo luz, el otro eventualmente vería su oscuridad.
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