Las Olimpíadas del Sufrimiento: La pendejada de competir por quién está más jodido

Hace poco escuché una conversación que me voló la cabeza por lo absurda. Una persona le decía a otra: “¿Qué vas a saber tú de dolor? Dolor es que yo hiciera todos los oficios de la casa para que mi mamá me diera permiso de salir, y cuando terminé de limpiar todo, me bañé, me cambié y estaba listo... mi mamá me soltara un: ‘Tú no vas a ninguna parte’”.

​Mi pendejada favorita era creer que este tipo de historias eran "lecciones de carácter". Pensábamos que aguantar injusticias, humillaciones o dinámicas familiares tóxicas nos hacía más fuertes, más "curtidos". Pero la verdad es que no nos hizo más fuertes, solo nos hizo expertos en vivir en un drama constante.

​ La Trampa de la Validación por Sacrificio

​Esa anécdota de la mamá y el oficio revela algo oscuro en nuestra cultura: creemos que el dolor nos da autoridad moral.

​Si yo sufrí más que tú, entonces mi opinión vale más. Si yo me sacrifiqué y me pisotearon, entonces "yo sí sé qué es la vida". Hemos creado una competencia invisible donde el premio es la lástima o el reconocimiento de ser un "guerrero" del dolor. Pero, seamos honestos: limpiar toda una casa bajo una promesa falsa no es una escuela de vida, es un entrenamiento para aceptar el abuso y la manipulación sin decir nada.

​Cuando crecemos con esa idea, buscamos parejas, trabajos y amigos que repitan el patrón. Sentimos que si no hay drama, si no hay sudor y lágrimas, entonces el logro o el amor "no valen".

​El Drama como Adicción

​Nos acostumbramos tanto al drama que la paz nos parece aburrida. Si no estamos sufriendo por algo, sentimos que nos falta algo.

​El problema de medir el dolor con la vara de "a mí me fue peor" es que anulamos el presente. Alguien que se siente mal hoy por una ruptura o un fracaso laboral es invalidado por alguien que saca a relucir su trauma infantil de hace 20 años. Es como si para tener derecho a sentirte mal, tuvieras que presentar un currículum de tragedias que supere al de los demás.

​Vivir en constante drama es una elección inconsciente para no hacernos cargo de nuestra propia felicidad. Es más fácil quejarse de lo que nos hicieron que construir una realidad donde eso ya no tenga poder.

​Si hoy te comparto esto, es porque yo también fui el pendejo que exhibía sus cicatrices como si fueran trofeos, esperando que el mundo me compensara por lo que sufrí.

  1. El dolor no es una competencia: El sufrimiento de una persona no se anula porque la otra haya pasado por algo "peor". El dolor es subjetivo y todos tenemos derecho a procesar nuestras heridas sin que nos echen en cara las del pasado.

  2. El sacrificio inútil no te hace mejor persona: Hacer "todo el oficio" para que te engañen no es una virtud; es una señal de que aprendiste a negociar con personas que no respetan acuerdos. No repitas eso en tu vida adulta.

  3. Suelta el guion de mártir: Deja de contar tu historia desde la víctima que fue engañada. Empieza a contarla desde la persona que hoy sabe poner límites y no permite que le "cambien las reglas del juego" después de haber hecho el trabajo.

Haber sufrido no te hace sabio, te hace herido. La sabiduría viene de sanar esa herida para no tener que restregarselo a los demás cada vez que alguien intenta expresar su propio malestar.

Luis Mendez