Ese secreto que guardas te está aprisionando

A lo largo de nuestras vidas, todos acumulamos secretos. Son historias que nos avergüenzan, que creemos que nos hacen indignos o que nos convierten en un impostor. Los guardamos en los rincones más oscuros de nuestra mente, convencidos de que si alguien los descubre, todo se derrumbará. Pero, ¿y si te dijera que ese secreto no te protege, sino que te está costando tu propia libertad?

La vergüenza se esconde en esos rincones más oscuros de nuestra vida. Puede estar ligada a nuestra apariencia, la familia, la crianza, el dinero, el trabajo, la salud, la adicción, el sexo o incluso la religión. Después de vivir una experiencia vergonzosa, lo más peligroso que podemos hacer es ocultarla o enterrarla por miedo a no sentirnos suficientes y a ser percibidos como no valiosos.

La vergüenza es un secreto que nos pudre por dentro, y necesita tres cosas para crecer fuera de control en nuestra vida y distorsionar quienes en realidad somos: secreto, silencio y juicio.

La carga de esta vergüenza se ilustra a la perfección en una de mis historias favoritas,

El Espantapájaros, por Sagar Prakash Khatnani

Insólita es la historia que sucedió tiempo atrás, en el pueblo de Giddu Bandar, a un hombre que una vez poseyó terrenos y fue hijo de un poderoso hacendado, pero terminó convertido en un mendigo insatisfecho. Se llamaba Rama y había abandonado los bienes materiales para buscar la paz mental. Rama tenía un secreto que no podía confesar a nadie, ni siquiera a sí mismo.

Al provenir de una comunidad profundamente religiosa, su mente tierna quedó impresionada por las tradiciones y rituales. La fija idea de que debía renunciar a los placeres y al deseo había enraizado en su espíritu y, en cuanto tuvo uso de razón, se empecinó en reformarse como si fuese idea suya y no de una educación impuesta: no pensaba casarse, renunciaría al frenesí de la pasión, que no hacía más que distraerle de ocultar la oscura verdad. Sus padres y hermanos se asustaron ante semejante declaración, lo consideraron una ocurrencia, un capricho que se diluiría en el tiempo. Sin embargo, la voz interior de Rama se hizo cada día más fuerte y, poco a poco, más severa e injusta con su pobre espíritu. Se rodeó de un halo de espiritualidad para que nadie sospechara su inmundo secreto. Comenzó a ayunar por largas jornadas, imponiéndose penitencia por sus pensamientos lascivos. Luego se levantó un día y declaró que no iría a trabajar, renegaría de los bienes materiales, de la ambición y el deleite. Sus padres y tíos pensaron que se había convertido al comunismo y trataron de hacerle entrar en razón, pero no eran estos ideales sociales los que habían anidado en su cabeza.

Tenía otro motivo, uno más oscuro y que no podía revelar a nadie. Y aunque era noble y justo con los demás, su humor se fue agriando lentamente, se convirtió en un hombre meditabundo y huidizo. La sombra de su misterio se hizo cada vez más grande. Abandonó su hogar, resolvió no hablar más para sofocar la rabia que se apoderaba de su ser.

Controlaba sus gestos, sus miradas, sus andares, para que nadie descubriese su verdad. Cualquier muestra de alegría le parecía infantil y trataba siempre de mostrarse ecuánime. Rama creía que no merecía ser feliz, que era culpable de ser lo que era. Decidió abrazar la soledad, consagrándose a la oración y la austeridad. Temía que si confiaba a alguien «la palabra prohibida», esta se haría realidad y ya no habría marcha atrás. Hubiera preferido morir antes que dejar que alguien descubriera su turbio secreto. Dominaba su mente con bruta voluntad, y en ello hallaba su placer, como un férreo centinela. Él era el preso y él era el carcelero. Se sentía impuro, indigno. Apenas era una jaula de huesos paseando por la calle bajo un turbante enorme. Todos lo saludaban, pero Rama avanzaba en piadoso silencio mirando al suelo, contemplando la sombra de su ego, que le pisaba los talones. Vagaba con rostro ofuscado, la mirada envilecida, el largo bigote atusado entremezclándose con su barba canosa, los pies descalzos y callosos, caminando sin cesar, como si quisiera llegar a algún lugar, pero sin dejar de vagar en círculos. En su mano siempre llevaba un bastón de madera, como dando palos de ciego.

Lo cierto es que Rama no conocía nada de la vida, no había disfrutado el aliento del primer amor, ni soñado con dulce vergüenza los placeres de su cuerpo, no conocía el suspiro vacilante del deseo, el brillo del beodo, no había caminado hombro con hombro con extraños a los que pudiera llamar amigos o hermanos de corazón. Solo lo unía la sangre a unas pocas personas, pero incluso de ellos se había distanciado; tanto que ahora no eran más que desconocidos con su mismo apellido. El muro que había erigido para protegerse lo había aislado de los demás.

Se hacía mayor y el pelo de su barba y su pecho había ennegrecido, las arrugas había cuarteado su rostro como el barro reseco; no le quedaba mucho tiempo. Una noche, supo de una gran sabía que visitaba el pueblo y decidió ir a visitarla. Se sentía desesperado por hallar la solución a su miseria y se postró ante sus piernas con desesperación:

– Maestra Sridevi, toda mi vida he deseado cambiar algo de mí, proporcióname una senda para meditar. Le temblaban los labios al hablar. Todas las lágrimas que había enterrado en su corazón asomaron a sus ojos.

La erudita, que no era más que una muchacha, lo miró con una sonrisa benévola y respondió:

– Ve al bosque y medita sobre tu vida, sin evitar ningún pensamiento. Reflexiona cuanto desees, pero no pienses en pájaros.

Rama, que ya no era un niño, salió caminando lleno de alegría y con un brillo de locura en sus ojos. ¡Qué fácil era acabar con aquel sucio secreto: no pensar en pájaros! Se retiró a las afueras del pueblo y se sentó a meditar bajo un bodhi. Transcurrieron los días y no había ni terminado la semana cuando volvió corriendo al pueblo y buscó a la sabia. Se había marchado, le dijeron. Rama salió por la ruta del Gran y preguntando a los transeúntes y peregrinos la halló al anochecer, avanzando a la luz de la luna, como una sombra.

Se acercó a ella con lágrimas en los ojos:

– ¿Qué me has hecho?

La maestra se volvió, su silueta se perfilaba bajo un halo de luz.

– Antes jamás había pensado en pájaros –continuó Rama–. Pero ahora no puedo dejar de verlos en todos lados. He tratado incansablemente de pensar en algo que no fuesen pájaros, pero planean continuamente por mi mente sin que yo lo pueda evitar. Solo pienso en ellos.

La erudita sonrió bajo la luz plateada y le puso una mano sobre el hombro.

– Eso es lo que trataba de decirte: si sigues reprimiendo tu ser, solo lograrás desbocar el río de tu naturaleza.

Ella conocía su secreto.

– Cuanto más lo prohíbes más fuerte lo haces. No puedes alcanzar la felicidad negándote a ti mismo. Acepta todas tus inclinaciones, vívelas, gózalas y entiéndelas, no las reprimas, transfórmalas, porque no puedes enfrentar aquello que ocultas a los demás y a ti mismo.

– Es inútil tratar de vencerte, pues el que perdería también serías tú. Cuanto más niegas tus instintos más grandes se harán, más poderosos, y tu voluntad no podrá retener por mucho tiempo el río de la vida. No hay nada malo ni bueno en las inclinaciones naturales. Es la sociedad, son los llamados hombres de bien y los falsos moralistas los que te han educado para aceptar una parte de ti y rechazar otra. Te han convertido en un espantapájaros. Hay que tener la cabeza llena de paja para ahuyentar tu propia verdad.

En aquel momento comenzaba a terminar la noche oscura, amanecía; nuestro protagonista suspiró como si fuera AMANECER. Rama se dio la vuelta con paso vacilante y regresó a su hogar. Después de tantos años no quedaba nadie. Lloraba profundamente porque había olvidado cómo disfrutar de sí mismo. Volvía a ser un niño dando sus primeros pasos. A descubrir que el otro nombre de la vida es el «sí». Fue entonces cuando se atrevió a pronunciar la «palabra prohibida». Rama la dijo en voz alta, pero el mundo no se derrumbó. Todo siguió igual. Y lo que pareciera un precipicio a saltar resultó no ser más que un simple paso en el camino engrandecido por su temor. Rama se dejó caer en el suelo y hundió la cabeza entre las rodillas, sus ropas bañadas por el arrebol de la mañana.

A decir verdad, muchos autodenominados sabios habrían repudiado a Rama de haber conocido su secreto. De hecho, incluso algunos lectores. Porque es muy fácil disertar sobre la teoría, deleitarse en lo abstracto, abrazar al mundo pero odiar al vecino, amar a las personas excepto a aquellas que piensan diferente de nosotros. Es en lo concreto, es en la realidad de la vida terrenal y cotidiana donde se ha de practicar la verdadera espiritualidad y comprensión.

En aquel instante, Rama sonrió, porque al aceptar su «palabra prohibida», por primera vez en la vida dejó de pensar en ella. Y supo en lo más hondo de su ser que este no era el final del cuento, sino el comienzo de uno nuevo.

P. D. Lo importante no es saber cuál era la «palabra prohibida» de Rama, sino cuál es la tuya.

La enseñanza detrás de la historia

La historia de Rama es un recordatorio poderoso de lo que sucede cuando enterramos eso que nos avergüenza. La vergüenza no es lo mismo que la culpa, y esta distinción es vital para nuestra salud mental.

La culpa se enfoca en el comportamiento: "Hice algo malo". Es un sentimiento útil que nos motiva a corregir un error. La vergüenza, en cambio, se enfoca en la persona: "Soy malo". Nos paraliza y nos convence de que somos defectuosos e indignos de amor y conexión.

Llenos de vergüenza, es mucho más probable que adoptemos comportamientos autodestructivos y que ataquemos o avergoncemos a los demás. Las investigaciones muestran cómo la vergüenza está correlacionada con la violencia, la agresión, la depresión, la adicción y los trastornos alimentarios.

La única manera de desarmar la vergüenza es sacarla a la luz, a través de la conexión y la vulnerabilidad. Así como la sabia le reveló a Rama la verdad sobre su batalla interna, a nosotros nos corresponde encontrar a alguien que elijamos y que califique para escuchar eso que nos está haciendo tanto daño.

Es de suma importancia a quién seleccionamos para hablar, ya que si compartimos nuestra historia de vergüenza con la persona equivocada, con facilidad puede convertirse en un fragmento más de escombros en una tormenta que ya de por sí es peligrosa. Busca a alguien que haya demostrado ser digno de tu confianza, alguien que te haya mostrado empatía y que sea capaz de escucharte sin juzgar.

Solo cuando hablamos de lo que nos avergüenza, podemos empezar a entenderlo, a perdonarnos y, finalmente, a sanar.

Luis Mendez